El precio de ser digna

La dignidad es uno de los temas que cubrí extensamente en el libro 40YMÁS y que más a menudo surge en las conversaciones que tengo con otras mujeres de nuestra edad.

Una mujer digna es la que se valora a sí misma y se da su lugar frente a los demás sin importar las consecuencias. Hasta ahí la teoría creo que resuena con todas nosotras; pero ya en la práctica es quizá una de las cosas en las que más flaqueamos.

No es poco común que muchas mujeres de más de 40 nos encontremos en una relación disfuncional o que, después de muchos años, estemos nuevamente solteras después de un divorcio o separación. Y el estar en cualquiera de estas situaciones puede generar un sentimiento muy fuerte de soledad.

La soledad, si no aprendemos a vivir con ella y disfrutarla, puede no ser una buena consejera. Es precisamente cuando nos sentimos solas que nos volvemos vulnerables a situaciones en las cuales, por evitar el sentimiento, dejamos nuestra dignidad de lado.

Son muchos los ejemplos de mujeres fuertes y empoderadas que deciden entrar en relaciones tóxicas, con hombres que no les dan ni pueden ofrecer lo que se merecen porque están casados, o porque tienen una forma distinta de ver la vida, simplemente porque creen que si no lo hacen terminaran pasando “el resto de sus días” solas.

Igualmente, muchas mujeres se involucran en situaciones denigrantes en su entorno laboral, pensando que es la única manera de mantener un trabajo; o en una situación familiar, pensando que si no lo hacen pueden quedarse solas.

La dignidad, en realidad, es un reflejo de nuestra relación con nosotras mismas y del respeto que nos tenemos. Por eso es bueno a veces hacer una pausa para reflexionar si en cada momento estas recibiendo el respeto que mereces de los demás, y sobre todo de TI MISMA.

Y si la respuesta es NO, quizá sea tiempo de dejar ir lo que no te permite hacerlo.

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El secreto para crecer como persona

En el proceso de conocernos mejor a nosotras mismas, crecer como personas y conectarnos con nuestra verdad, muchas mujeres de 40 y más hemos probado casi de todo. Desde meditar, hacer yoga, practicar una religión, atender retiros espirituales, leer libros de gurús y expertos en superación personal, hasta hacer cursos sobre astrología o numerología.

Todo esto está perfectamente bien si sientes que te ayuda a apagar tu mente del ruido externo y a escuchar mejor los deseos de tu corazón. Si te ayuda a fomentar la reflexión y a vivir de una manera más abierta y consciente de que es lo que realmente estás haciendo y siendo en este mundo.

Pero la realidad es que tu verdadero crecimiento como mujer nunca va a suceder cuando estas en ese espacio de paz total. Donde realmente te enfrentaras con la verdadera TÚ es en los momentos en que algo te altere.

Tu YO molesto, tu YO enojado, tu YO frustrado es probablemente un estado más frecuente que tu YO meditativo. Es muy común en la sociedad actual que un embotellamiento de tráfico, una noticia en la radio, un comentario fuera de lugar, o hasta leer un tweet o un post en Facebook nos altere la paz de un segundo al otro.

Es en esos momentos difíciles donde tenemos la verdadera oportunidad de crecer. Cuando estamos en proceso de actuar de la misma manera que hacemos siempre a un estímulo externo que nos molesta – con agresividad, enojo o frustración – y en lugar de reaccionar decidimos responder de una manera diferente, es exactamente en ese momento en que verdaderamente logramos dar un paso hacia la mujer que todas deseamos ser: una mejor versión de nosotras mismas.

Mi invitación es simple: la próxima vez que suceda algo que no te guste, recuerda que tienes frente a ti una fantástica oportunidad de crecimiento personal y de demostrarte a ti misma que tú tienes el poder de decidir si reaccionas como siempre lo has hecho o si creas una nueva situación a partir de tu respuesta.

La vida es como un río

Muchas veces se ha usado ya la analogía del fluir del río para contrastarlo con el fluir de la vida, donde el agua que observas o en la que nadas nunca será la misma de un momento al otro.

Pero creo que estarás de acuerdo conmigo en que la comparación puede ir un poco más allá. Cuando observas el recorrido de un río te das cuenta que tiene diversas etapas en su trayectoria hacia el mar. Igual que nuestra vida no es siempre constante, en el río hay momentos en donde el agua fluye tranquilamente y otros, como en los rápidos y las cascadas, en donde hay mucha actividad y estrés. Estas características del río son invariables.

Lo que puede variar es cómo decidimos cada una de nosotras viajar por el río. Las posibilidades en ese caso son casi infinitas: puedes elegir usar una balsa profesional con un equipo sofisticado, o recorrer algunos tramos sentada en un neumático con remos de juguete, o decidir aventurarte a nadar de vez en cuando. Puedes escoger usar herramientas que te ayuden a navegar mejor o recorrer el río con los ojos vendados como el personaje de Sandra Bullock en la película de Bird Box.

¡La decisión es totalmente tuya!

Igual que es tu decisión si prefieres recorrer el río total o parcialmente sola, o con amigos, o con familia, o con pareja. Si prefieres que tu recorrido sea un proyecto donde apoyas a otros a lograr cruzarlo, o si escoges solo enfocarte en sufrir los tramos difíciles, o quizá en disfrutar del paisaje y así aprender algo de cada parte del trayecto por muy duro que sea.

Te invito a recordar que finalmente todos los ríos llegan al mismo lugar: un mar al cual no le importa lo largo o corto, lo complicado o apacigüe, lo ruidoso o silencioso del recorrido. El mar, al final, recibe a cada uno de los ríos sin importarle de dónde vienen o cómo llegaron.

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Las dos palomitas azules

Si eres usuaria de WhatsApp sabes exactamente a lo que me refiero; si no, te explico con gusto que la famosa aplicación de chat te indica cuando la otra persona ya leyó tu mensaje con dos palomitas azules.

Mientras tu último mensaje sea un “hablamos luego” o “adiós” o algo similar, es de esperar que la conversación termine en las dichosas palomitas azules y no hay problema. La molestia surge cuando contactas a alguien para preguntarle algo, o charlar, compartir algo, ver cómo se encuentra, o cualquier otro asunto, y pasan varios minutos, u horas o días de que el mensaje fue leído y no recibes respuesta alguna.

Dicen por ahí que cuando alguien te ignora o te rechaza tu cuerpo produce la misma reacción química que cuando te haces una herida física. Y muchas mujeres sentimos que alguien nos “deje en dos palomitas azules” es una clara forma de rechazo.

El rechazo, en todas sus formas, es indudablemente doloroso, pero creo que lo importante es aprender de la experiencia y no permitir que te defina. El secreto es poner cada situación en perspectiva y no generalizar. Si por ejemplo experimentas un rechazo que está relacionado con una oferta laboral, no te declares a ti misma incompetente. O si se trata de un rechazo de una persona con la que tienes un interés personal, no concluyas que no sirves para tener relaciones amorosas.

La opinión del que te rechaza es SUYA, y nada tiene que ver con quien tú eres. Recuerda que lo que los demás piensan de ti solo es verdad si tú permites que así lo sea.

Mi invitación es que la próxima vez que te sientas ignorada o rechazada te preguntes “¿para qué está sucediendo esto y qué puedo aprender de esta situación?” De esa manera en lugar de solo tolerar el dolor que la experiencia te pueda causar, mejor usas la oportunidad para seguir creciendo como persona.

Al fin de cuentas “las dos palomitas” pueden ser buenas maestras, ya que nos indican las relaciones o conversaciones que sí vale la pena seguir fomentando y cuales es mejor dejar de lado porque no las necesitamos ya que no nos sirven para ser felices.

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